Hace muchos años, mientras observaba una clase de Educación Física en mi rol como docente orientadora, un estudiante me dijo algo que todavía recuerdo.

No recuerdo cómo terminó aquella clase. No recuerdo qué le respondí. Ni siquiera podría reconstruir con precisión todo lo que ocurrió antes.

Pero recuerdo sus palabras:

—Profe, no me das ni un minuto

para que me dé cuenta.

El estudiante estaba organizando un juego. Había armado pocos equipos con muchos integrantes y demoraba el inicio mientras contaba y recontaba cuántos había en cada uno.

Yo observaba.

Y vi rápidamente algunas cosas.

Podía subdividir los equipos, armar canchas más pequeñas, hacer jugar a menos integrantes por vez. Así habría mayor participación, menos tiempos de espera y también menos posibilidades de golpearse.

Entonces intervine y le ofrecí esas alternativas.

Y él me respondió aquella frase.

—Profe, no me das ni un minuto para que me dé cuenta.

Yo había visto algo.

El problema era que quizás no le había dado tiempo para verlo a él.

Con los años entendí que aquella escena no me enseñó simplemente a intervenir menos.

Me enseñó algo bastante más difícil: a reconocer que existen diferentes tiempos para intervenir.

La experiencia docente nos permite anticipar.

Vemos un grupo demasiado numeroso y podemos imaginar lo que sucederá. Vemos una organización del espacio y anticipamos dificultades. Escuchamos una consigna y advertimos que probablemente no será comprendida. Reconocemos tiempos de espera demasiado largos, posibilidades de aumentar o disminuir la dificultad, riesgos que quien está empezando todavía no percibe.

Y queremos ayudar.

El problema aparece cuando nuestra experiencia, precisamente porque nos permite ver antes, no deja tiempo para que el otro pueda ver.

Hay cosas que pueden estudiarse.

Podemos hablar sobre participación, organización de grupos, tiempos de espera, seguridad, progresiones, variantes, espacio y materiales. Podemos leer sobre ellas, planificarlas y hasta rendirlas en un examen.

Pero algunas cosas de la docencia recién adquieren otro sentido cuando ocurren delante nuestro.

Hasta que no vivimos una propuesta que no funciona como imaginábamos, quizás no comprendemos realmente por qué habría que modificarla.

Hasta que no vemos a varios niños esperando demasiado tiempo para participar, puede que no dimensionemos qué significa la espera dentro de una clase.

Hasta que una organización que parecía perfecta en el papel empieza a moverse con personas reales, hay cosas que simplemente no podemos ver todavía.

Y quizás formar a otro también implique tolerar esa distancia.

Hoy sigo interviniendo.

La diferencia es que muchas veces intento no empezar por la respuesta.

Me acerco y pregunto:¿Qué ves?

¿Para qué usás la espera?

¿Cómo podría ser menor?

¿Cómo podés dificultar la propuesta sin cambiar demasiado la consigna inicial?

Las preguntas no garantizan que alguien descubra inmediatamente aquello que yo ya estoy viendo.

Tampoco deberían hacerlo.

Porque acompañar un proceso de formación no consiste en conseguir que el otro piense exactamente como yo. Consiste, entre otras cosas, en ayudarlo a construir herramientas para mirar por sí mismo.

Claro que no todos los errores pueden esperar.

Cuando existe riesgo, cuando alguien puede resultar lastimado, cuando aparece una situación de violencia o se vulnera el cuidado de una persona, intervenir deja de ser una elección pedagógica para convertirse en una responsabilidad.

Pero existen otros errores que pueden ser transitados.

Una organización que demora. Una consigna que necesita ser reformulada. Un juego que no funciona como se esperaba. Una propuesta demasiado fácil. Un grupo esperando más de lo necesario.

Quizás también tengamos que aprender a distinguir entre los errores que necesitan nuestra intervención y aquellos que necesitan un poco más de tiempo.

No recuerdo cómo terminó aquella clase.

Después de tantos años y tantas prácticas observadas, resulta curioso todo lo que olvidé de ese día.

Pero recuerdo perfectamente:

—Profe, no me das ni un minuto

para que me dé cuenta.

Tal vez porque mientras yo intentaba enseñarle algo sobre cómo organizar una clase, él estaba enseñándome algo sobre cómo acompañar a alguien que está aprendiendo.

El estudiante era él.

Pero aquella vez, la que necesitaba tiempo para darse cuenta era yo.
Ahora me gustaría leerte a vos

¿Cuándo intervenir y cuándo esperar?

¿Cuántas veces nuestra experiencia nos permite ver antes, pero también puede impedirnos esperar a que el otro vea?

Y, si acompañás procesos de aprendizaje:

¿Cómo decidís cuándo intervenir y cuándo dar un poco más de tiempo? Compartir mi experiencia

Las historias de este espacio nacen de experiencias reales. Algunos detalles identificatorios fueron omitidos o modificados para preservar la intimidad de las personas involucradas.

Este escrito forma parte del proceso de creación de No es solo juego, mi primer libro. Una escritura construida desde experiencias, preguntas y aprendizajes que siguen transformando mi manera de enseñar.

María Inés VázquezAutora de No es solo juego · Escritos desde la experiencia