Hay días en los que una planificación deja de importar.
Días en los que enseñar tiene menos que ver con aquello que habíamos preparado y mucho más con nuestra capacidad de mirar lo que está sucediendo frente a nosotros.
Ese día, un pequeño se había retirado del espacio de juego y había escapado de la vista de las personas que estaban a cargo. No era la primera situación difícil de la jornada. Habíamos intentado mantenerlo atento, participando y, sobre todo, a salvo.
Cuando advertimos su ausencia, uno de los docentes del equipo quedó a cargo de él.
Estaba enojado, agotado, sin saber qué más hacer. Levantó el tono de voz y le dijo que llamaría a su mamá.
Cuando llegué, la escena me dolió.
Sentí tristeza.
Me senté a su lado, lo llamé por su nombre y le pregunté qué estaba pasando.
Su relato, por supuesto, no se parecía al de los adultos.
Había una pelota cerca.
La busqué.
Empezamos a pasar y recibir de distintas maneras y a diferentes distancias. Con cara de asombro fui nombrando y celebrando lo que hacía. Él empezó a mirarme con la misma cara de asombro.
Después agregamos un aro para hacer puntería.
En un momento me abrazó fuerte.
Me dijo que se iba a portar bien.
Mi tristeza seguía pesándome en el estómago. También había miedo.
Era un pequeño de cinco años que parecía tener dificultades para percibir el espacio compartido, su propia integridad física y algunas de las reglas que esperábamos que pudiera comprender.
¿Qué pasa con los derechos de las infancias?
¿En qué momento aparecen también nuestros límites como docentes y como proyecto?
¿Tengo que enfriar el corazón y aceptar solamente pequeños y pequeñas que se “porten bien”?
¿Tengo que poder con todo?
¿Hasta dónde acompañar?
¿Hasta dónde intervenir?
Por momentos, incluso, apareció una pregunta mucho más grande:
¿Tengo que cambiar de profesión?No encontré todas las respuestas ese día.
Pero encontré una pelota.
Y con ella encontré una manera de volver a acercarme.
No para premiar una conducta que necesitaba límites. No para hacer de cuenta que nada había sucedido. Tampoco porque crea que el juego puede resolverlo todo.
Jugamos porque necesitábamos volver a encontrarnos para poder seguir.
Con el tiempo comprendí que aquella situación también me estaba enseñando algo sobre mí.
Empecé a preguntar más a las familias y a abrir instancias de encuentro previas. A interesarme especialmente por esos mundos particulares que cada infancia trae consigo.
Incorporamos instancias de prueba para conocernos: que nos conozcan y conocerlos.
Volví a pensar nuestras responsabilidades, nuestras posibilidades reales y también nuestros límites.
Reconocer que a veces no tengo el espacio perfecto para determinadas necesidades no me convierte en una mala profesional.
Me obliga a reconocer lo que puedo sostener y me desafía a seguir aprendiendo.
Aquel día, una vez más, todos terminamos a salvo.
Habíamos llorado, nos habíamos enojado, habíamos reído.
Y, sobre todo, habíamos jugado.
Mucho tiempo después sigo pensando en aquella escena.
Quizás porque me recordó algo que intento no olvidar:
a veces, antes de enseñar algo, necesitamos encontrar una manera de volver a mirarnos.
En Red Lúdica solemos decir que la conexión empieza con un juego.
Ese día, para mí, no fue un lema.
Fue exactamente lo que ocurrió.¿Qué cambió cuando cambiaste la mirada?
Si sos docente, entrenador/a, acompañás infancias o alguna vez estuviste del otro lado como familia:
¿recordás alguna situación en la que cambiar tu manera de mirar una conducta haya cambiado también tu manera de intervenir?Si querés compartirla, me encantará leerte.
Compartir mi experienciaLas historias de este espacio nacen de experiencias reales. Algunos detalles identificatorios fueron omitidos o modificados para preservar la intimidad de las personas involucradas.
Este escrito forma parte del proceso de creación de No es solo juego, mi primer libro. Un proyecto todavía en construcción sobre juego, movimiento, docencia, vínculos y aquello que aprendemos mientras intentamos enseñar.